César Pérez Pinzón: El hombre literatura.
“El mundo es un gran espectáculo del cual yo no soy actor sino un simple espectador”
César Pérez Pinzón
Por: Albeiro Arias
Estudiante de Licenciatura en Lengua Castellana-Universidad del Tolima.
albeiro _ arias @ hotmail. com
El día 29 de Noviembre de 2006 falleció en la ciudad de Ibagué el maestro César Pérez Pinzón. Obviamente su muerte no retumbó en el escenario nacional debido a que nunca cantó un vallenato (caso Kaleth Morales). En sociedades como la nuestra es más importante quien canta un vallenato manido que quien gana un Premio Nacional de Literatura. Su ausencia priva a la literatura colombiana de un gran potencial - César pensaba que la mejor etapa y la madurez de un escritor llega a los 50 años- , esto supone que lo mejor de su obra estaba por venir. Pero César no solo producía libros, venia sembrando a través de los talleres tanto de la biblioteca Darío Echandía como del Ministerio una nueva generación de posibles escritores o por lo menos, amantes de la literatura.
En el año 2004 le dije que si me dejaba hacerle una entrevista para la revista Litérate de la Universidad del Tolima. Él accedió. Algunos meses después lo llamé y le dije: maestro, su entrevista no la pude publicar porque el proyecto de la revista se cayó por inoperancia de los miembros y por el afán de protagonismo. César me respondió: –no importa, la publica cuando me muera.
Albeiro Arias. ¿Le preocupa la muerte; ha pensado en ella?
César Pérez Pinzón. Fuera del aspecto puramente literario, poco me importa el tema. Es decir, en lo personal, en cuanto a mi propia muerte, nunca me ocupa. Creo que desde que leí a los griegos dejó de preocuparme la muerte: mientras yo soy, ella no es; cuando ella sea, yo no seré, no podré estar ahí para juzgarla.
AA. Se dice que usted es una persona ensimismada y hasta misantrópica, porque no tiene relaciones sociales. ¿Es cierto?
CPP. Bueno, depende de lo que se entienda por ensimismado y misantrópico. Todo joven es gregario y yo lo fui. Ahora sólo quiero la tranquilidad y la busco en unos pocos amigos elegidos, algún aislamiento y el silencio, esa otra de las bellas artes. Ese es todo mi ensimismamiento y mi misantropía; pero la gente siempre necesita decir palabras ruidosas cuando uno no hace ruido y practica el derecho a eludir el de los demás.
AA.¿Qué opina César Pérez Pinzón del conflicto interno que se vive en Colombia?
CPP. Bueno, hablar del conflicto interno que se vive en Colombia es hablar de la historia de Colombia. En toda mi vida no he conocido un solo momento de paz en mi país. Si revisamos los libros de historia, de ahí para atrás tampoco lo ha habido. No obstante, se habla de volver a la paz. La imaginación del pueblo colombiano es audaz cuando de utopías se trata. Pero no hay que desmayar: las utopías han hecho la historia de la humanidad. Creo que en Colombia todo se reduciría a erradicar la corrupción. La violencia no es más que una consecuencia de ese flagelo. ¿Hay conflicto interno de similares características en países con gobiernos decentes? Hemos sido gobernados por cuatreros. Y lo peor no es eso: el ébola de su corrupción ha desbordado el ámbito público hasta contagiar el mundo privado. Ya casi no hay honrados en Colombia. A veces creo que la mejor manera de estar fuera de la ley en Colombia, es ser honesto.
AA. ¿En quién está inspirado el personaje protagónico de Cantata para el fin de los tiempos?
CPP. Pienso que ningún escritor se inspira en un solo individuo para idear alguno de sus personajes. Si se tiene imaginación, se re-crea el mundo circundante y este se compone de multiplicidades. En el caso de Fabián Cabral, hay muchos individuos en él. Creo que la peor parte de ese personaje es autobiográfica.
AA. ¿Quiénes son los Hijos del fuego?
CPP. Gérard de Nerval es culpable de ese nombre para el libro. Él creó su propia religión y llamó de esa manera a los seres de alma superior que serán juguete de los opulentos, serán los desdeñados, serán los solitarios. Es una raza contraria a los Hijos del lodo, estirpe de Abel.
AA. ¿Por qué pasó del realismo a lo fantástico?
CPP. Creo que en literatura, como en todas las actividades humanas, el que se queda quieto se duerme, se vuelve repetitivo y termina por aburrirse él mismo. Recordemos que el arte existe para darnos felicidad. Siempre he visto en el realismo algo de solemnidad que me incomoda. Esa necesidad de ser razonablemente fiel a lo observado terminó por aburrirme, no sólo en lo que escribía sino en lo que leía de otros escritores. Por otro lado, el juego de la imaginación entre autor y lector, el descubrimiento de otras posibilidades, la paradoja que nos dio, por ejemplo, Magritte en la pintura, esa paradoja visual suya, tiene un inteligente encanto difícil de soslayar. Y no debería ser extraño. En un mundo donde se habla de libertad pero todo nos impide ejercerla, podemos considerar que sólo el artista es libre porque vive en un mundo creativo propio. Además, recordemos que escribir es un juego de niños, sólo que ¿quién ha visto a un niño que no juegue en serio? La reflexión es de Borges. Y ese niño puede ser Flaubert, que navegó en universos tan distantes como el de Madame Bovary y el de Salambó, como el de La tentación de San Antonio y el de La educación sentimental.
AA. ¿Cómo ve el actual panorama de la literatura nacional?
CPP. Como ocurre con la literatura de todo el mundo, hay buenos y malos escritores. Siempre abundan los segundos, pero eso no importa, la poca buena literatura es proporcional al número de autores en general. Y tengamos en cuenta que la carrera de los escritores nunca fluctúa en relación con sus méritos. No hay que caer en la trampa de las famas efímeras o, incluso, en las que se demoran meses y años ocupando espacio en los medios. Con el tiempo uno descubre que muchos autores son menos admirables en sus obras que en las páginas de los críticos o en las reseñas de la prensa. También hay escritores cuya vida resulta más interesante que su obra.
AA. ¿Cuál es su relación con la religión?
CPP. Soy pagano. En el paganismo nunca hubo guerras de religión.
AA. Háblenos acerca de cada uno de sus libros.
CPP. Para hacerlo necesitaría de un auditorio que esté dispuesto a dormirse.
AA. ¿Quién ha sido su maestro o la persona que brindó herramientas para su labor de escritor?
CPP. Bueno, maestro como tal, es decir, algún escritor de mi generación o una anterior que me enseñara a gatear y a dar mis primeros pasos en la escritura, no lo hubo. En realidad, antes no contábamos, por ejemplo, con los talleres de literatura o un mentor a quien tomar como paradigma. Se perdía mucho tiempo haciendo lecturas inocuas, se imitaba a los clásicos, se buscaban historias de esas medio escondidas de los sonoros, se les hacían algunos cambios y se firmaba como autor. Pero, en realidad, el gran maestro, por lo menos en mi caso, siempre fue la lectura, poco a poco adquirida, de los buenos libros. Ellos no enseñan a escribir, pero nos enseñan a pensar bien para escribir.
AA. Para usted siempre priman los clásicos por encima de los escritores actuales. La literatura cambia igual que los tiempos. ¿No faltaría darles una oportunidad?
CPP. Creo que hay un problema semántico: un clásico es aquel que es intemporal. Homero lo es como Borges. Cuando yo hablo de los clásicos nunca me remito sólo a los escritores antiguos, medievales, renacentistas, barrocos o de cualquier otro período del pasado. Con clásico me refiero a todo autor cuya obra no cesa de existir cuando termina de pasar. Me refiero, además, entre otros, a Proust, Joyce, Kafka —que son contemporáneos—, como a los de más "actualidad": Cortázar, García Márquez, Rulfo… Tal vez usted se refiere a los escritores que están en su proceso creativo con algunos libros publicados, pero que aún tienen campo abierto para seguir expresándose y hasta para cambiar de voz. A estos hay que darles tiempo, esperar que su obra decante, y no dejarse engañar por críticos o reseñadores que en la mayoría de los casos son ignorantes o sólo responden a intereses ajenos a la literatura.
AA. ¿Por qué la narrativa y no la poesía?
CPP. No es raro. Hay muchos ejemplos: Camus, Dostoyevski, Chesterton, Conrad, Onetti; no quiero hacer un catálogo. Me siento cómodo escribiendo prosa. Acaso luego escribiré también teatro o poesía. De momento me conformo con ser un buen lector de esos géneros. Por otro lado, el escritor, de lo que sea, si no es en esencia un poeta, podría muy bien ejercer la talabartería.
AA. ¿Y sus poetas favoritos, quiénes son?
CPP. Más que de poetas prefiero hablar de poemas. Pienso que generalmente el conjunto de los libros de los poetas es desigual. Es más, uno solo de sus libros puede ser muy desigual. No soy de los que afirman que un poema justifica o salva un libro. Se salva el poema. Igual ocurre con un libro de cuentos. Pero si de elegir autores se trata, podríamos dar nombres que ya son canónicos: Baudelaire, Borges, César Vallejo, Cavafis, Whitman, Roca…
AA. ¿Quién lo introduce en la literatura. Sus primeras lecturas?
CPP. Tiene razón: las primeras lecturas. Claro, aquellas eran lecturas propias de la infancia en las que el concepto "literatura" no existía. Eran lecturas vinculadas a las aventuras o a los comics, pero la presencia de mi madre, que era una gran lectora de los rusos del siglo XIX, me descubrió pronto la dicha de la palabra y de las formas verbales más allá del elemental deslumbramiento de la anécdota; su sola presencia me educó los sentidos a través del lenguaje. Un tío que yo frecuentaba, Everardo Pinzón, me descubrió lo fantástico. De sus labios oí por primera vez los ecos del Quijote y la magia sensual y múltiple de Las Mil y Una Noches, que empiezan con una infidelidad y nunca terminan: nosotros seguimos escribiéndolas.
AA. ¿Cuál es el libro que no puede olvidar?
CPP. Son muchos los libros que no se pueden olvidar. Al elegir sólo uno, se siente algo de culpa con los demás. ¿Ulises, el Quijote, la Comedia, Hamlet, En busca del tiempo perdido, El castillo…? Son tantos. Pero si la elección es imperativa, insistiría en Las Mil y Una Noches.
AA. ¿Por qué regresar a Ibagué, en lugar de quedarse en Bogotá donde ya gozaba de reconocimiento y amistades del mundo literario?
CPP. Porque si un escritor tiene algo para decir, puede hacerlo en cualquier lugar; sólo necesita papel y lápiz. Quería la tranquilidad (si existe) y volví a la tierra de mis mayores. Bogotá, por más que esté de moda decir lo contrario, es una ciudad inhumana. Aristóteles decía que la ciudad ideal no debe superar los cien mil habitantes. Bogotá está habitada por agónicos que no se han enterado de su estado. En cuanto al reconocimiento, un autor serio sólo quiere escribir, otros quieren ser escritores. Estos son los que darían todo por el reconocimiento. Y los amigos del mundo literario, ¿los hay?
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